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Se inaugura la exposición que repasa la relación entre Tom Kublin y Cristóbal Balenciaga

por podium

Ni Richard Avedon ni Irving Penn. Ya no digamos Cecil Beaton o Horst P. Horst. Ni siquiera Henri Cartier-Besson o su más íntima Inge Morath. El único que puede considerarse fotógrafo oficial –si fuera posible considerar tal categoría– de la casa que fundó Cristóbal Balenciaga no suele figurar en el Olimpo de la imagen de moda. Al menos no como merece, aunque la labor que desarrolló durante casi dos décadas al servicio del de Getaria fuera capital para mostrar (y entender) su genio creador. Claro que Thomas Kublin tampoco era un fotógrafo como los demás: nunca impuso su mirada a la de sus clientes, jamás antepuso su expresión artística a la de aquellos creadores para los que trabajaba. Un compromiso profesional del que se beneficiaron Jacques Fath, Christian Dior, Pierre Balmain o Yves Saint Laurent, pero, sobre todo, Balenciaga. “Con Tom era con el que mejor se entendía”, le constató Givenchy a Ana Balda, la académica que le ha dado al fotógrafo el sitio que le corresponde. Sucede en Tom Kublin para Balenciaga. Una colaboración inusual, la muestra que explora la relación entre ambos en el Cristóbal Balenciaga Museo de Getaria, desde el 10 de junio hasta el 30 de octubre. “Marcó una imagen de la casa que ha trascendido. Y lo hizo además en un momento crítico, a partir de la década de los cincuenta, cuando la era dorada de la alta costura tocaba a su fin, hasta poco antes del cierre de la firma”, explica Balda, doctora del departamento de comunicación de moda de la Universidad de Navarra y comisaria de la exposición junto a Maria Kublin, hija del fotógrafo. “Me contactó en 2019, porque encontró mi tesis doctoral y descubrió que le había dedicado un apartado a su padre. Comenzamos entonces un intercambio de información que ha culminado en este proyecto. Nunca se había hecho algo sobre él y qué menos que el museo le dedicara una exposición”, dice a propósito de una labor de investigación que comenzó prácticamente de cero.

Que Tom Kublin estaba destinado a la fotografía es un hecho que no ofrece discusión. Nacido en Hungría, en 1924, el inicio de la Segunda Guerra Mundial lo pilló a los 15 años en Budapest ya con la cámara en ristre. Hay constancia de su trabajo precoz como foto-periodista, documentando la ciudad bombardeada para distintos periódicos. Posteriormente recala en Suiza. “Zúrich ha sido un motor histórico de la economía textil, con una industria que proveía de tejidos de lujo a París. Abraham era una de estas prestigiosas hilaturas, especializada en seda. Para que se reconociese su valor, fotografiaba todos los vestidos de las casas francesas confeccionados con sus telas, un trabajo de documentación para el que contrató a Kublin”, revela la comisaria. En 1953, el propietario de Abraham, amigo personal de Balenciaga, se lo presenta al modista vasco, quien, inopinadamente, le abre las puertas de su atelier.

Dice Balda que algo de mito sí que hay a propósito del hermetismo que gastaba don Cristóbal con la prensa. Al fin y al cabo, necesitaba de la colaboración de los medios de la época para dar a conocer sus creaciones. Con todo, su celo estaba justificado: las copias ilegales ponían en un brete su negocio. La estrategia que desarrolló para proteger su propiedad intelectual se tiene hoy por paradigmática: fotografiar todos los modelos de la casa, bien para archivo, bien con fines comerciales. “El trabajo de Kublin era doble: por un lado, documentaba las creaciones por motivos de copyright, y por otro, hacía las fotos de los modelos producidos que luego se veían en las revistas.”, continúa la comisaria. “La exposición pone en valor la labor de Kublin desde las dos perspectivas: la interna, de archivo, y la externa, más comercial. La suya es una colaboración inusual”.

Un centenar largo de imágenes, provenientes de los Archivos Balenciaga de París, el Museo Nacional de Suiza, el Museo de Diseño de Zúrich y los fondos del propio Museo Balenciaga de Getaria, dan fe de tan especial relación. Maria Kublin, fotógrafa como su padre, ha aportado además material de la colección familiar nunca visto hasta ahora. En esta narración que también es el relato de la evolución de la fotografía –y la comunicación– de moda en los días de gloria de la alta costura. “Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, prima más el contexto. Son imágenes muy cinematográficas, con mucho storytelling, en las que ya fuera por esteticismo o provocación se daba una tensión entre fotógrafos y modistas. Para Balenciaga era importante que se vieran bien hasta las mangas, porque para él la alta costura no solo significaba creación, sino también la técnica. La verdadera innovación, la provocación es él, no la fotografía. A partir de los cincuenta, con Kublin el diseño vuelve al primer plano, el arte de la creación de moda sin ruido ni distorsiones”, explica Balda.

Tristemente, la misión de Tom Kublin se vería truncada de forma prematura. Falleció en 1966, de repente. Balenciaga abandonaría la alta costura apenas dos años después. La pregunta clave, por qué se convirtió en el fotógrafo de Balenciaga por excelencia, quedó en el aire. Balda aventura su hipótesis: “Kublin es aún muy joven cuando se conocen. Sin nexos ni contaminación editoriales, resulta menos manipulable a efectos de injerencias externas. Justo lo que necesitaba el modista”.

Fue publicado originalmente por

VOGUE ESPAÑA

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