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El mundo surrealista de Elsa Schiaparelli se abre con la exposición shocking con bellos bocetos

por podium

La exposición Shocking! El mundo surrealista de Elsa Schiaparelli se abre con cientos de bellos bocetos de la diseñadora impresos sobre papel de pared, y con varios originales, como una esbelta figura con el famoso vestido Langosta, expuestos en vitrinas. Saltando hacia delante, la última sala muestra bocetos de Daniel Roseberry, cuya primera colección de alta costura como director artístico de la maison, que vio la luz en 2019, arrancaba con el propio diseñador frente a su mesa, dibujando bocetos en plena pasarela.

Uno de los aspectos más impactantes de esta apasionante retrospectiva en el Museo de las Artes Decorativas de París es su incomparable nivel artístico: el legado de la diseñadora es tanto deudor como referente de un sinfín de creaciones. «La idea era rendir homenaje a la relación de Elsa con un buen puñado de artistas y con la cultura visual», explica Olivier Gabet, comisario de la muestra y director saliente del museo (en septiembre asumirá un cargo de nueva creación en el Louvre). «Para nosotros es muy interesante mostrar esa cultura visual y literaria, algo de lo que muy pocas personas de su época podían presumir».

Schiaparelli, que creció en un palacio romano y procedía de un entorno intelectual y artístico, se veía a sí misma, ante todo, como una artista. Aunque consideraba a Paul Poiret su mentor más destacado, se inspiró en los creadores más relevantes de su tiempo: los surrealistas Jean Cocteau, Man Ray, Salvador Dalí, Meret Oppenheim y Elsa Triolet, así como en pintores renacentistas como Fray Angelico o Botticelli. Cocteau, que realizó varias ilustraciones para que Schiaparelli las bordara en sus prendas, se aseguraba de que la diseñadora incluyera la firma de él en el tejido. El sombrero-zapato que Schiaparelli diseñó en 1937, inmortalizado en el retrato en que Dalí lo llevaba en la cabeza, ha hecho historia. Ambas obras estarán presentes en la exposición.

La muestra, cuya embriagadora y mágica escenografía es obra de Nathalie Crinière, se despliega a lo largo de las dos plantas de los grandes almacenes Christine & Stephen A. Schwarzmande. La exposición no pretende explorar la tediosa cuestión de si la moda y el arte se basan o no los mismos postulados, sino que ilustra cómo Schiaparelli nunca hizo distinción entre ambos.

Tampoco la hace Daniel Roseberry, que ha demostrado ser el perfecto heredero de la casa: «Soy un artista. Dibujaba antes de dedicarme a la moda», afirmó el diseñador texano en una de las pruebas de la puesta en escena de la muestra, cuando los equipos del museo ajustaban la iluminación y la incorporación de los textos explicativos junto a cada obra. «Es incoherente que un dibujo de un cuerpo desnudo sea arte mientras que otro de un cuerpo vestido sea moda. Creo que esa dicotomía surge de la eterna discusión sobre si las propias prendas son arte o no. Yo tengo claro que sí».

Los cientos de creaciones que componen la exposición son tan abrumadores para el ojo como para la mente. Como era de esperar, los vestidos con fantasiosos bordados de motivos de todo tipo concentran gran parte de la atención. También podemos encontrar varios jerséis de punto (que en los años 20 suponían el el epítome de la vestimenta moderna) decorados con lazos en trampantojo. Los diseños atestiguan las trabajadas siluetas y los innovadores patrones y técnicas de la italiana (en sus envolventes vestidos y el uso de cremalleras, por ejemplo), así como su obsesión por los juegos ópticos del blanco y negro y, más adelante, con su emblemático shocking pink, ese vibrante color fucsia intenso. Maravillosos botones escultóricos, joyas doradas inspiradas en la anatomía humana y frascos de perfume que harían palidecer de envidia a los diseñadores de hoy se suceden en las vitrinas, que atesoran más de 520 piezas, la mitad de ellas patrimonio de Schiaparelli. Todo un festín para los sentidos de los afortunados visitantes, para quienes Laird Borrelli-Persson, editora del Vogue estadounidense, ha preparado una cronología sobre los logros de la diseñadora.

Que la muestra se debe a los usos y costumbres de Elsa Schiaparelli es indiscutible, pero no es menos cierto que Roseberry ha dado lustre al nombre de la casa con sus refrescantes reinterpretaciones de su visión artística. Es más, el diseñador está atrayendo a las nuevas generaciones gracias a las memorables apariciones de un séquito de celebridades luciendo sus diseños en momentos llamados a hacer historia: Lady Gaga en la toma de posesión del presidente Biden, Beyoncé en la 63ª edición de los premios Grammy o Bella Hadid con su inolvidable pechera con ramas en el festival de Cannes. Estas piezas contemporáneas tan populares son un buen gancho para la visita, pero Roseberry espera que la obra de la diseñadora hable por sí misma: «Espero que los jóvenes, y en general la gente que no conoce a fondo el trabajo de Elsa Schiaparelli, profundicen en su obra y descubran la dimensión original de la firma», señala.

De hecho, el diálogo entre la casa y el museo comenzó años antes del nombramiento de Roseberry, y muchos de los préstamos se cerraron antes de su intervención. Paradójicamente, los retrasos derivados de la pandemia han redundado en una alineación estelar: «Se han sucedido una serie de casualidades por las que ahora es el momento ideal para abrir la exposición al público», afirmó el comisario Olivier Gabet, que se ha referido a Roseberry como un «cómplice del museo» a lo largo del proceso.

Dado que Elsa Schiaparelli alcanzó su apogeo creativo hace unos 90 años, la exposición corría el riesgo de caer en el inmovilismo. Muy al contrario, el resultado fluye con un espíritu muy evocador. Piezas como una versión gigante de la ilustración que Christian Bérard realizó en 1938 de la capa Phoebus, el sol dorado con semblante pensativo que da la bienvenida a la exposición o el elegante reservado con los muebles de Jean-Michel Franck que inundaban los salones de alta costura de la maison hacen que la inmersión en el universo de Schiaparelli sea total.

La muestra también recoge creaciones de otros diseñadores que se inspiraron en las variadísimas ocurrencias de la diseñadora, casi siempre a caballo entre pasado y el presente. El mismísimo Saint Laurent calificó de «inagotable»la  imaginación de la diseñadora, y su chaqueta con espejo en la espalda, deudora de la colección Zodiac que Elsa presentó en 1937, vuelve al circuito museístico en una especie de déjà-vu de la reciente presentación de las creaciones del diseñador francés en los principales museos de París. Décadas antes de que John Galliano convirtiera el estampado Gazette en un monograma, Schiaparelli imprimía en sus prendas varias páginas de periódico a modo de collage. Su influencia no termina ahí: diseñadores como Sonia Rykiel, Azzedine Alaïa o Christian Lacroix han reinterpretado distintos aspectos de su legado desde la más profunda admiración.

Para Roseberry, que señaló que al principio prefirió no bucear demasiado en los archivos de la casa, el broche Esfinge del escultor Alberto Giacometti que Schiaparelli incluyó en sus colecciones entre 1934 y 1939 «es un hito que constituye la piedra angular de la joyería contemporánea». Al margen de esta exposición, el diseñador ha constatado que el contundente y vanguardista patrimonio histórico de la casa está calando cada vez más en él: «Me he enamorado de los archivos a mi propio ritmo. Y ha sucedido paralelamente al desarrollo de la exposición, así que es maravilloso reunirme con Elsa en ella».

Fue publicado originalmente por

VOGUE ESPAÑA 

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